Todos sus poemas eran redes para atrapar palabras de amor con las que abrigarse. Y siempre había sido así hasta que cierto día, entre sus redes quedó prendida una sirena.
Siempre que un sueño erótico venía a visitarla se sentía culpable. Sobre todo, porque nunca soñaba con su marido y su educación moral la desmoralizaba. Sería el único secreto que jamás le confesaría.
Y resulta que te vas en el mismo lugar en el que llegaste. Te marchas con tus despistes y franquezas a cuestas, con tus dedos repletos de nostalgias y los haikus en la maleta que Luz te ha preparado.
Dicen que las lineas de la mano concentran toda la vida. Allí se encuentra la línea de la felicidad, la del amor, la salud, el trabajo... Sin embargo, él por más que se observa las manos carece de todo eso.
Su amor propio no dejaba que nadie le quisiera. Pero necesitaba sentirse aceptado por los demás, por lo que comenzó a rebajar su orgullo poco a poco. Y sin darse cuenta, pasó de un extremo a otro: del exceso a la escasez. De hecho, a día de hoy todos le ignoran debido a su carencia de amor propio. Incluso el amor de su vida, que no perdona la falta de personalidad.
Tenía tanta imaginación que toda su cabeza estaba plagada de personajes. Por eso se dedicó a la escritura. Sin embargo, tras la frase inicial, el autor se bloqueaba y obligaba a sus personajes a permanecer en el limbo de la creación a la espera de un final. Y en ese limbo, niños traviesos, amantes insatisfechos y ancianos aventureros se pasaban las horas, los días, los años...
Él era un perro en busca de un dueño como su amo. Por eso se entendieron tan bien cuando se encontraron. De hecho, el carácter sumiso de ambos los hizo reconocerse mutuamente.
Justo en medio de aquel atasco se topó con la persona que siempre había querido ser. Lo supo nada más verlo, al lanzar una ojeada al vehículo contiguo que, de hecho, era el automóvil que él había deseado tener.
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