Siempre había conocido un mundo en blanco y negro. De ahí que todos a su alrededor fueran personas grises, con tonalidades concretas pero grises. Por eso se dedicó a pintar cuanto le rodeaba con lápices de colores. Repintó árboles, hojas, pájaros, cielos, amaneceres, sonrisas y hasta nostalgias con tal de transformar el mundo entero.
Tenía la cabeza tan llena de palabras que nunca había escuchado el silencio. Y eso era algo que le quitaba el sueño. Dominaba perfectamente el uso de los adverbios y los adjetivos más idóneos para cada ocasión pero era incapaz de interpretar los silencios. Ese era su talón de Aquiles.
Más allá del mar está la nada. Él lo sabe desde que su padre desapareció un día en el océano y no regresó. Se lo tragó la nada, le dijeron. Al poco, por causas que nunca entendió naturales su madre murió. Desde entonces, cada tarde se asoma a la orilla del mar por si la nada se apiada de él y le devuelve a su padre, ahora que se ha quedado solo.
El día que me senté frente a todos mis estados de ánimo sólo conseguí un fuerte dolor de cabeza cuando mi ansiedad empezó a tirar del pelo a mi tristeza. Después de todo, esta clase de reuniones sólo sirven para alimentar rencillas del subconsciente. Por eso he decidido que de ahora en adelante, se acabaron las terapias de grupo dentro de mi cabeza. La democracia, en el terreno de la psicología, perjudica seriamente la salud.
A ella le sobraba clase pero no tenía con quién derrocharla. Por eso se acostumbró a las relaciones de talones nominativos. Ellos la adulaban y ella se dejaba querer como si de verdad fuera amada. Después los despedía. Odiaba que alguien pudiera contemplarla al despertar, cuando sólo era una mujer maquillada de soledad.
El día que se le cayeron todos los mitos al suelo, conducía como de costumbre hacia el trabajo. Llegaba tarde así que aceleró cuanto pudo y fue entonces cuando ocurrió.
Se hizo mayor para que nadie se diera cuenta de que seguía siendo una niña. Y logró despistar a todos con su vestimenta y sus ademanes de mujer cansada de serlo. Pero cada vez que le era posible, se marchaba a la playa para pintarle las uñas al mar mientras esperaba la llegada de su príncipe azul. Sólo él podría sacarla de aquel cuento de realidad que tanto la aburría.
Entre él y ella, el tiempo era el tercero en discordia. Habían aprendido a compartir espacios pero eran incapaces de hacerlo en un mismo presente. Ella siempre iba por delante del minutero y él se quedaba rezagado entre los segundos. Así que cuando se besaban, ella ya pensaba en el después y él en qué había ocurrido antes para llegar a ese punto. De hecho, nunca hacían nada a la vez pero se querían a su manera -con antelaciones y retrasos- como cualquier pareja normal.
Cuando el escritor que ya no escribe se marchó en busca de la imaginación, sólo llevaba una corazonada en la maleta: sabía que tarde o temprano la encontraría. Y se dejó llevar de norte a sur y de este a oeste tras las huellas de su propio sueño.
Cuando quiso darse cuenta, había perdido una semana de vida así sin más. Justo una semana, según el calendario que tatuaba la pared de su cocina. Y como no recordaba haberla vivido, sólo pudo pensar que se la habían robado.
Entre ellos el amor ya no estaba bien visto. Pero no les importaba. Se querían a pesar de la notable diferencia de edad. De hecho, de tanto amarse empezaron a parecerse entre sí, porque cada uno se fue haciendo parte del otro. Y tanto se asemejaron que, pese a que ella nació treinta años antes, a día de hoy nadie podría asegurar cuál de los dos ha logrado poner en jaque al tiempo, puesto que ambos parecen tener quince años.
Todos sus poemas eran redes para atrapar palabras de amor con las que abrigarse. Y siempre había sido así hasta que cierto día, entre sus redes quedó prendida una sirena.
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