
Arrastra sus culpas en una maleta que por más que lo intenta, nunca pierde. Recorre aeropuertos con la única intención de facturar sus miserias hacia cualquier destino que no sea el suyo. Lo hace además en diferentes estaciones de trenes y autobuses pero al llegar a casa, la maleta sigue ahí, como un dolor de cuello que te engarrota el alma.
-¿Ya has vuelto? -Le pregunta su mujer. Y antes de responder, oculta una vez más la maleta en el armario donde ella no la pueda ver, sin reparar en que, a pocos metros y oculta tras un abrigo, la de ella le observaba sin hacer ruido.
A continuación, los dos se sientan a cenar, mientras se cuentan lo que imaginan que serían sus vidas sin tener que pasear sus maletas cada día.
María Coca
Imagen: G. Downs