Su vida tenía forma de círculo concéntrico. A los diez años se dio cuenta y a los veinte, por vencido. Hiciera lo que hiciera siempre regresaba al mismo punto.
Tenía la extraña sensación de que aquello le había pasado antes pero no era cierto. Hasta entonces, la vida sólo le había enseñado los dientes. Y él se dejaba morder por el tiempo sin remedio, como cualquiera.
La culpa no la tenían los genes. Su excesiva imaginación nació con él y se alimentó de él. Fue un niño tan ensimismado que inventó un mundo propio para refugiarse de lo desconocido. Y a sus ocho años decidió dejar de crecer para permanecer eternamente en su universo.
El mayor de sus problemas era que no tenía ninguno. Y se dejaba morder por la incertidumbre inventando dilemas a cada paso. Su fortuna le convirtió en un ser desafortunado hasta el punto de sintomatizar su infelicidad y sentirse el ser más desdichado de la tierra.
Miró a través del tragaluz y contuvo la respiración. Agachado como estaba en aquella posición tan incómoda, el sudor comenzó a resbalar por su frente arrugada. La situación le excitaba. Se sentía feliz en medio del silencio roto.
Esperó el último tren
A ella le gustaba jugar con las palabras como con el cuerpo, en una batalla de letras que se sucedían a modo de besos sobre el tiempo. Una a una, las escanciaba con cuidado para después volcarlas del revés sobre cualquier papel.
De vez en cuando se le acumulaban las ideas entre los dedos pero no sabía cómo expresarlas. Tenía tantas ganas de gritar lo que sentía que siempre se quedaba mudo. Y como las palabras que sabía le resultaban insuficientes, se decantó por la música.
De lunes a domingo, se montaba en la bicicleta de la monotonía y pedaleaba. Después de tantos años, el camino siempre era el mismo y se lo sabía de memoria. Por eso le pilló por sorpresa aquel badén que encontró un miércoles a media tarde sin previo aviso. La impresión le hizo caer y como consecuencia se le rompió la cadena.
Cuando se enamoraba, las musas se ponían celosas y le abandonaban. Entonces el artista se convertía en un hombre vulgar y su amor terminaba también por difuminarse. Era el pez que se mordía la cola; estaba acostumbrado. Su vida era un círculo vicioso entre las musas y el amor carnal.
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